lunes, 28 de diciembre de 2020

Querido 2020, cierre la puerta al salir


Quería empezar este post hablando de algunas pocas cosas positivas que nos ha enseñado el 2020, al menos en estas primeras líneas, pero ni quiero engañaros a vosotros ni tampoco engañarme a mí mismo. Este año, que está a pocos días de terminar, ha sido un auténtico año de mierda. Esta es la verdad. Lo estrené, ingenuo a lo que estaba por venir, ilusionado, paseando por las romanas calles del Trastévere. Y muy probablemente lo acabe solo, en pijama, haciendo zapping para decidir cuál es el canal menos casposo para comerme las uvas. Apagando la tele a las doce y media y haciendo de "un vaso de leche y a dormir" mi felicitación de año nuevo. Pero la soledad no me asusta, y mucho menos si es por una buena causa. Y este año, aunque nos pese, es más que necesaria.

Siempre seremos "aquella generación de valientes que luchó en 2020 contra una pandemia mundial", o  al menos así espero que salga en los libros de historia del futuro. "Los ciudadanos del mundo que con responsabilidad y esfuerzo combatieron al virus de nombre Covid-19". Y que no hablen de los negacionistas, de los del chip 5G, de los antivacunas, del cinismo y del oportunismo político, de los que se toman esto a pitorreo, de los que no arriman el hombro en un momento tan importante y siguen quedando en grupo, con la mascarilla quitada "porque estoy fumando", "porque si no no se me entiende", "porque no le tengo miedo al virus", "porque miro por mí y mi respeto hacia ti es inexistente". Espero que todo esto no lo saquen en los libros de historia. Si no, qué vergüenza. Ni cuando dejamos de aplaudir a los sanitarios porque en realidad salíamos a aplaudirnos a nosotros mismos y no a ellos. ¿Os acordáis? Que esto tampoco salga, por favor, o haremos el ridículo.

En cuanto a lo positivo, que claro que lo ha habido aunque haya preferido dejarlo para el final, pues agradecido porque en mi casa a pesar de haber sido tocados por el virus, ya están todos recuperados. He tenido tiempo para leer, para ver películas y series. Más que nunca. Tiempo también para el "dolce far niente", algo más que recomendable para los que sufrimos de ansiedad. He aprendido a comer mejor y a disfrutar de madrugar un sábado para ir a la pescadería. Bueno es también que mi cabeza haya seguido creando historias, aunque menos de las que hubiera querido, y mis lápices llenado de paisajes la libreta. Y la vuelta del fútbol, esto también es positivo. Con mi Atleti pudiendo acabar el año en lo alto de la tabla. Lo sé, quizás resulte algo controvertido esto último. Pero qué queréis que os diga, cada cual tiene sus cosas. Y estas, a pocos días de empezar un nuevo año, son las mías.

Feliz 2021 a todos, de corazón. Sed responsables para que podamos acabar el próximo año de una mejor manera y llenándonos de besos y abrazos. 

Y a usted, querido 2020, gracias por lo aprendido, aunque no haya sido mucho. 

Pero, por favor, cierre la puerta al salir.

 

sábado, 28 de noviembre de 2020

Yo nunca quise ser Maradona

"Qué importa lo que hizo con su vida. 
Lo que importa es lo que hizo con las nuestras".

(Roberto Fontanarrosa)



Recuerdo cuando estuve en Nápoles que lo primero que hice allí fue salir una mañana en busca de Maradona. Pateé temprano por las calles del Barrio Español. Los gatos, la basura, la ropa tendida y los primeros napolitanos que salían de sus portales a echar el café matutino fueron actores y escenario. Maradona, como aquel, omnipresente, estaba en todas las esquinas. Jugando a pelota tras un coche mal aparcado. Dando cabezazos al balón, al lado y encima de las ventanas enrejadas de los bajos. También cual gigante vestido de azul celeste, tan grande como una fachada. Pero todo era recuerdo, pinturas, grafitis o papel tintado. Y aunque yo nunca quise ser Maradona, allí estaba, poniéndome en la piel de un napolitano. Envidiándolo e intentando comprender que ocurrió en aquel lugar hacía entonces algo más de treinta años.


 Maradona el día de su presentación en Nápoles.


Se cuenta que entró en un Fiat, seguido, acompañado, vitoreado, por miles de personas. Os hablo de cuando las elásticas quedaban estrechas y los pantalones cortos ajustados. De cuando el fútbol entraba en todas las casas sin previo pago. De cuando los cromos eran de cartón y precisaban pegamento. De cuando los defensas partían tobillos y de cuando los delanteros hacían trampas. De cuando Maradona calentaba a ritmo de Opus con sus Puma desatadas. Se cuenta que entró en un Fiat, os decía, y que salió en un Ferrari, aunque solo y derrotado. Maradona se pasó de frenada. Soñó con ser futbolista. Conseguido. Soñó con defender a su país, Argentina. Conseguido. Soñó con ser campeón del Mundo. Conseguido. Pero ser Dios no lo soñaba, de ahí que le viniera de improviso. Yo nunca quise ser Maradona. Ni pedía ser él en el patio del recreo. Llevar el diez a la espalda eran palabras mayores.

Maradona fue Jekyll. Marcando un gol por la escuadra al cancerbero de la Juve. Sacando la mano en el área y regateando a media Inglaterra para endosarle dos chicharros. Levantando copas, mundiales y scudettos. Inteligente, bromista, bailarín... Mujeriego, fiestero, infiel, drogadicto y mentiroso. Porque todo Jekyll tiene su Hyde, y esta es la cara mala del mito. Yo no busqué a este Maradona, yo busqué a Diego, el que dicen que es el bueno. Y estaba allí, vaya si lo estaba. En cada pared, en cada rincón, en cada una de aquellas personas que, como yo, quisieran recoger de lo bueno para hacerlo suyo. Este miércoles murió Diego, y con él también algo de Maradona. Al que nunca quise parecerme, pero que aquel día y alguno más, quise seguir sus pasos.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

"Eso que tú me das", la opinión de un fan


                                                

Tan solo hace veinte minutos que he salido del cine y tengo sentimientos encontrados. Me explico. Ante mi más que comprensible tristeza por la falta de alguien a quien he admirado durante más de media vida, se cruza un atisbo de alegría. Es así, me siento en parte alegre. Alegre por haber abierto este regalo de parte de Pau Donés. Alegre por poder aprender de él durante esta hora y cinco minutos como si nada de los pasados cuatro meses hubiera ocurrido. Alegre porque intuyo que no será lo último que sepamos de Pau, y esto me reconforta.

Busco en la fila 11 la butaca 9. Mientras observo una sala más llena de lo que hubiera imaginado. ¿Es eso bueno? Supongo que sí, aunque como bien sabéis "todo depende" y, por fortuna, los morbosos iban marcados por un bol de palomitas para no confundirse con el resto. Yo a lo mío. Nosotros a lo nuestro. Porque los "jarabescos" éramos más. Nos delataba el silencio. Sin apenas parpadear y como hacía en sus conciertos, he intentado vivirlo e interiorizarlo a mi manera. He visto a un Pau tranquilo (con la imagen de Mick Jagger de fondo), sereno y sin entrar al "trapo" de un puntualmente travieso Jordi Évole. Has sido muy valiente, Jordi. La tarea no era fácil. Y los fans de Jarabe de Palo nos tomamos tus palabras, ya sabes a cuáles me refiero, como una disculpa. Aunque tu complicidad con Pau durante estos años ya hizo que todo estuviera olvidado.

Pau mira a cámara, suelta su broma, en más de una ocasión, y algunos espectadores ríen. Yo solo sonrío, admirado y agradecido. "¿Pero no habíamos venido aquí a llorar?", piensa el novio de la chica que tengo en la butaca de delante. "Sin duda no pude escoger, allá por el 1998, un mejor referente", pienso yo. Pau se resigna, sabe que se muere. Pero dedica sus días a disfrutar de lo pequeño. De la familia, de su perro Fideos y de ir a comprar queso a la quesería del pueblo. Ha vuelto a sus inicios para despedirse de la vida. Pau ha demostrado ser alguien excepcional, real y auténtico hasta el final de sus días. No nos engañó con sus canciones de buen rollo y optimismo. Se despide cantando, no desvelaré con qué canción. Un tema que sin saberlo escogí para abrir algo que espero pueda ver la luz algún día. Y aquí he cerrado los ojos, como lo hizo él antes de iniciar la charla en el prado, como lo hacía yo cuando escuchaba "Grita" o "Completo Incompleto" en la sala Luz de Gas. Ambos momentos para respirar, para sentirnos vivos. En las montañas, en sus conciertos. 

Nos grabó su última canción desde una azotea y en forma de agradecimiento. Pero no quería irse. "No le iba bien. Tenía cosas que hacer". Y nos dejó, esta vez sí, una última charla con Jordi Évole para estar con nosotros cuando él ya no pudiera hacerlo. Pau Donés nos ha vuelto a guiñar el ojo, volviendo a la vida en más de doscientas salas de cine esta tarde. Y esto solo me confirma algo, algo que me ronda por la cabeza desde el mismo 9 de junio de 2020... y es que Pau, para el que así lo quiera, sigue estando presente.


martes, 9 de junio de 2020

Mi mundo sin Pau Donés

"Hay quien vive pura sangre
recorriendo su camino
sin mirar hacia atrás
y a mal tiempo buena cara".

(De la canción "Pura sangre" de Jarabe de Palo)


El momento que tanto había temido desde hace unos meses ha llegado. Y lo ha hecho por un mensaje al móvil. ¿Sabéis aquellas noticias de última hora que salen de pronto en la pantalla? Pues así ha sido, y mis piernas han temblado. Y he de decir que aunque me lo esperaba, no lo esperaba. Lo sé, es ilógico lo que os digo, pero qué hay de lógico en este mundo, ahora sin él. Porque desde hoy, 9 de junio de 2020, vivo en un mundo en el que no está Pau Donés. Y es raro. Es raro porque él siempre ha estado. Entendedme cuando digo "siempre", en lo que a mí se refiere, más de media vida.


Son ya más de veinte años con su música en mi cabeza, con su música en mis momentos, con su música en mi vida. Y nada ha cambiado en ese sentido, la música sigue estando ahí, y no pienso buscarle otro sitio. Está muy bien ahí, en mi vida. Por lo que ahí seguirá hasta el último de mis días. Mientras, seguiré haciendo lo de siempre, lo que hubiera hecho un día cualquiera cuando él sí que estaba, buscar la canción cinco del disco número uno y cantar "Grita" mientras conduzco y flipo con los primeros acordes de guitarra que son una auténtica maravilla. Hacer lo propio con la primera canción del tercer disco y esperar a que llegue la primavera. O buscar la ultima pista del "Bonito" y escuchar aquella canción tan chula del corazón. Aunque hoy algo ha sido distinto, porque ese par de lágrimas en mi mejilla no entraban en mis planes. Porque un mundo sin Pau Donés, supongo que tiene estas cosas y habrá que irse acostumbrando.

Tantas emociones en forma de canción, tantos momentos y tantas personas que no hubiera conocido si no hubieras existido. Gracias por hacerlo. Por existir, digo. Solo por eso. Lo demás, junto a la admiración y a la inspiración, ha venido solo.

Fins aviat, Pau...

Aunque, como lo hacen los grandes, te has ido para quedarte.



domingo, 24 de mayo de 2020

Carta a mi yo de hace dos meses



Domingo 24 de mayo de 2020


Querido yo del pasado,

Te escribo esta carta para que estés preparado para lo que vendrá de aquí a unas semanas y no te disgustes de manera innecesaria. Estamos ya casi a finales de mayo. Tú (o sea yo pero unas semanas atrás) deberás estar ahora mismo en los inicios del confinamiento, a mediados del mes de marzo más o menos. Ya habrán sucedido algunas cosas que te podrían haber hecho sospechar del motivo de esta carta, pero como siempre andas metido en tu mundo, no te enteras de la mitad de las cosas y nada te hace pensar mal de la gente hasta que no es más que evidente, ha habido algo en ti nueve semanas después que ha hecho que me decida a escribirte.

Habrás flipado ya con el agotamiento de stock del papel higiénico, ¿verdad? Qué risas, ¿no? Y luego viendo las estanterías de harina totalmente vacías, ¿cierto? ¡Cómo somos los humanos! En medio de una pandemia y agotando la provisión de pasteles. Pues ahí tenías que haber empezado a sospechar. Te habías venido muy arriba viendo salir a la gente a los balcones, puntuales cada tarde/noche a los aplausos sanitarios. Todos unidos, todos a una. Aunque ya dudabas entonces, recuerdo, de si lo hacían por agradecimiento o por miedo. Te lo confirmo ahora, para que no te pille por sorpresa, que muchos lo hacían por miedo. Porque en el mismo momento en el que se pudo salir a la calle los aplausos empezaron a cesar y a día de hoy a las ocho solo se escuchan desde nuestro balcón (tuyo y mío porque somos la misma persona) gritos de niños jugando a pelota cuando deberían estar en sus casas desde las siete.
En tema de horarios la gente anda, o quiere andar, un poco perdida. Bueno, esto o en lo que van perdidos es de vergüenza y de respeto hacía los que nos adaptamos a las horas marcadas para poder salir de una manera ordenada. No es difícil ver runners ansiosos cruzando el semáforo a las ocho menos cuarto porque no han podido esperar quince minutos para salir a correr. Ni familias enteras que hacen oídos sordos a aquello de "un solo adulto". "Vámonos todos juntos, no hacemos daño a nadie", así arrastramos a nuestros niños a la pillería de hacer lo que por el bien de todos no está permitido. Sentirás que te toman el pelo. Y no entenderás cómo pueden hacer tan poco caso a algo realmente tan serio. De las imágenes de la tele tampoco hagas mucho caso, cogen los planos que más les interesan para echar más leña al fuego y llenar informativos, aunque también hay mucho de verdad no sé cuánta parte exacta de mentira existe. Ahí es mejor que no te metas. Pero dejando esto a un lado, te lo confirmo a semanas vista, la gente te decepcionará. Te decepcionará mucho. Llegaste a pensar que íbamos a remar todos en la misma dirección, pero no ha sido así. Mientras el barco intentaba salir a flote algunas personas han creído que éste era el momento perfecto para manifestarse y salir de los camarotes de primera clase a ondear banderas en cubierta.  
No te asustes con lo que te voy a decir, pero ya nos acercamos a los treinta mil fallecidos en nuestro país y el coronavirus sigue arrasando con cientos de miles de vidas en todo el mundo. En España se abrirán hospitales de campaña y hasta una morgue en el Palacio de Hielo de Madrid para poder almacenar a nuestros muertos. La palabra "morgue" siempre me ha parecido una palabra muy fea y en estos días mucho más. Han sido unas semanas muy pero que muy duras. Y aunque ahora ya estamos mejor, parece que algunos andan algo escasos de memoria a corto plazo, pero por lo contrario van sobrados de falta de respeto y empatía. Es por este motivo que te escribo esta carta, porque desde hace pocos días te habrás dado cuenta de que nunca podremos ser un país que vaya a ir de la mano. Nos han puesto a prueba y hemos suspendido. Tus expectativas (también mías, no quiero quitarme culpa) eran demasiado halagüeñas, te lo comento para que no te hagas falsas esperanzas. No peques de inocente. A día de hoy hay personas en todas las ciudades manifestándose pidiendo libertad. Ni quedarse en casa saben. Te lo digo en serio. No son muchos, pero ahí están, riéndose en la cara del resto. Todavía seguimos en estado de alarma, tenemos que seguir en nuestras casas el mayor tiempo posible, guardar distancia de seguridad e ir con mascarilla para no infectar ni infectarnos. Y aunque ahora parece más difícil contraer el virus, el bicho, como el dinosaurio, todavía sigue ahí. Seguimos sin vacuna, y no sabemos a ciencia cierta cómo se propaga. Y a muchos parece no importarles. Ni el trabajo que se ha hecho hasta hoy, ni el sacrificio de los sanitarios, ni los infectados que todavía siguen ingresados, ni los muertos, que aunque cada día son menos, los seguimos contando por decenas. Nada de esto les importa. Aquí es donde perderás toda confianza en salir juntos de un momento tan duro. Pienso que ya habrá tiempo para manifestarse y sacar el polvo a las banderas, si así lo quieren, hoy (para ti de aquí a un par de meses) no es el momento. Se les olvidó la palabra respeto si es que la han conocido algún día.

En fin, te escribo esto para que estés alerta. No quiero que cambies nada de lo que tienes pensado hacer hasta ahora, lo harás bien. Y como tú, la mayor parte de las personas. Pero si no quieres equivocarte, piensa en ti y en tu entorno, y no vuelques tus esperanzas en los demás. Eso sí, vas a alucinar con lo que viene. Estate preparado.

Fdo. Tu yo del futuro




lunes, 4 de mayo de 2020

Salvar el mundo con guantes de frutería

"Hasta el infinito... ¡y más allá!"

(Buzz Lightyear)


De entre las infinitas maneras que nos habían enseñado, en cine y televisión, a la utópica situación de tener que salvar el mundo ante una pandemia, en ninguna de ellas entraba el hacerlo con guantes de frutería. Difícil de creer, pero cierto. Y dejo esto escrito para que quede constancia a generaciones venideras. Para que sepan de lo que fuimos capaces. Mi granito de arena para salvar este desierto llamado Mundo lo pongo cuando voy al súper y me dan, para no infectarme ni infectar, unos guantes de plástico holgados que hace poco más de un mes apenas servían para palpar la madurez de los tomates. Soy un héroe atípico, soy consciente de ello. Pero intento llevarlo con la mayor dignidad posible. Los guantes se escurren, te hacen sudar las manos y se rompen dejando tus dedos desnudos ante los fallidos intentos de desenganchar el adhesivo del código de barras de tu dedo índice, para conseguir pegarlo a aquel medio kilo de plátanos que acabas de pesar en la báscula. Nadie dijo que fuera fácil. Ser un superhéroe está a alcance de muy pocos. Y más cuando la cosa se complica un poquito más con cada visita al supermercado. El primer día lo hice sin guantes ni mascarilla. "Valiente", con cierto retintín, fue lo más bonito que me soltaron aquella tarde en la zona de pescadería, "y guarde un metro y medio de distancia con los mejillones, caballero", añadieron. No me vine arriba, capté su ironía a las primeras de cambio.




Ya para el segundo día me hice con un atuendo más acorde para continuar con mi salvación mundial. Me calcé una mascarilla de cirujano, pero confié en los guantes cortesía del propio supermercado. Los carros estaban desinfectados y sueltos para no tener que tocar monedas. Hasta aquí todo bien, un detalle por su parte, matemos al último malo y pasemos a la siguiente fase. Aquí el villano tiene montura, cristales y responde al apodo de "El Gafas". La mascarilla y las gafas son la antítesis en forma de binomio, son el yin y el yang de los héroes del confinamiento, la noche y el día de los que pretendemos acometer una salvación de tal magnitud de una manera anónima. Para que me entendáis todos, así se hace muy difícil salvar la humanidad. El respirar te empaña los cristales y es imposible no tener que dejar la nariz al descubierto si quieres distinguir la coca-cola sin cafeína de la coca-cola zero y el pasillo de los aperitivos del de las sopas de sobre. Pero quién dijo miedo. Llegas a la caja, después de cargarte al malo, tecleas el número pin con tu guante roto otra vez por el dedo índice, a pelo, dando muestras de tu herida de guerra, y pasas al siguiente nivel.

Aquí, después de varios días de compras indispensables, la situación ya se intuye de inicio que se ha vuelto más abrupta y salvaje. El hurto de carros de estos días en los que no has aparecido por el súper ha hecho que vuelvan a atarlos y debas utilizar monedas. Coges tu euro del bolsillo y con ello tu inmunidad pierde algo de crédito. Dudas entre cual será el mejor lugar, el menos manoseado, para coger y empujar del carro. La desinfección ha pasado a peor vida y ahora ya es un sálvese quien pueda o un "desinfécteselo usted mismo que a nosotros no nos pagan por ello". Lo coges por los lados y lo empujas con la rodilla para llegar hasta la entrada. Te acomodas la mascarilla con el meñique y te subes las gafas con los nudillos, te acercas a la mesa de seguridad para recoger un par de guantes y lo que encuentras en su lugar son bolsas de plástico (ver foto). Miras al vigilante, que se disculpa con un gesto, "esto es lo que hay", parece decir con un arqueo de cejas. Te anudas como puedes las bolsas en las muñecas, sabiendo desde el principio que esto va a ser cuanto menos complicado. Pero no es muy de superhéroe perder la compostura ni venirse abajo ante un panorama de tal calibre. Acomodas tus manos dentro de las bolsas y empiezas a tirar del carro. Ya no hay vuelta atrás, arranca la siguiente fase y la cosa pinta peliaguda.


  

lunes, 27 de abril de 2020

Echar de menos

"Y si me contesta quiero decirle que quiero volver,
que quiero salir de este hotel y desaparecer".

(De la canción "René" de Residente)


Si existe una expresión que en estos más de cuarenta días de confinamiento ha cobrado mayor relevancia ésta sin duda es "echar de menos". Así sin hache, porque del verbo echar lo primero que se echa es la hache, metéoslo en la cabeza. En la misma cabeza que huye hacia el recuerdo. Que corre descompuesta hacia ese lugar que creía haber olvidado y que estos días en los que el cerebro se ha tomado un tiempo libre ha vuelto a rememorar con fotografías y postales dedicadas. Porque ese lugar le hace falta. Ese lugar, con forma de ciudad, objeto o persona se ha hecho estos días de encierro más necesario que nunca. Y esto no estaba en sus planes.




Echamos de menos en mayúsculas, subrayado y en cursiva. Nos asomamos al balcón y a lo largo de la calle vemos escrito su nombre trazado con tizas. Dibujando aceras, alcantarillas y pasos de peatones. Deseamos que esto acabe para volver allí donde estuvimos a gustito hace ya algún tiempo, a ese sitio donde queremos estar por primera vez, a esa persona a la que creíamos no tener la necesidad ni las ganas de recuperar nunca más. Coger un avión a cualquier otra parte, dar un paseo por la playa, aplaudir al final de una obra de teatro, quedar a tomar café con él... o con ella. Aquello que os ronde escribidlo vosotros, yo apoyado en la barandilla tan solo dejaré caer la tiza. Escribid lo que os venga en gana, de verdad. Su nombre, el vuestro o el mío.

Con la de hostias que nos está dando la conciencia estos días, quizá sea el momento de hacerlo. De hacer que esto cambie. Cuando todo acabe. Sí, mejor cuando todo esto acabe.


sábado, 11 de abril de 2020

Casi todo saldrá bien

"Todos los niños nacen artistas,
el problema es como seguir siendo artistas al crecer".

(Pablo Picasso)


Permitidme que os cuente algo sobre una reflexión que hasta ayer noche llevaba varios días dando vueltas en mi cabeza. Que sí, que todo tiene que salir bien, no tengo la menor duda, pero a qué se refiere ese "todo". Para empezar algo ha salido ya mal, o muy mal, cuando quisiera dar dos pasos más cuando salgo a tirar la basura y no puedo. Ir al supermercado no cuenta. Necesito más que nunca poder salir a respirar y perderme en la última piedra de mi espigón preferido de la Mar Bella, sentarme durante un par de horas y evadirme con una buena obra de teatro en el Romea o quedarme embobado frente a un cuadro de Velázquez en el Prado. Lo necesito. Lo necesito pero no puedo. Algo ha tenido que salir mal ya, pensaba. Pero entonces veía mensajes en redes de vuestros pequeños pintando arcoiris llenos de color y de optimismo y me invadía la duda.


Sabina con su obra arcoiris "tot anirà bé".

Desde hace unas noches, cuando salimos los vecinos a nuestros balcones y aplaudimos a los sanitarios, también lo hace un par de ventanas abajo una niña de no más de cinco años. Asoma su cabecita y puntual a las ocho se vuelve loca haciendo pompas de jabón. Qué alegría me da verla. Si miras las pompas al trasluz, ahora que a las ocho todavía es de día, también dibujan los colores de un arcoiris. Ayer noche algo fue distinto. Una de ellas aguantó sin explotar hasta subir pasando de largo algunos balcones y llegar a flotar delante de mí hasta detenerse. Dentro llevaba un mensaje escrito... "todo saldrá bien" decía con letras de espuma. Y quién me creo que soy yo para dudar de ese "todo" cuando quien lo desea tiene apenas cinco años. ¿En que clase de persona me he convertido? Pues claro que saldrá bien pequeña. Claro que sí, seguid con vuestros dibujos. No dejéis de pintar ni de colorear. Y si por alguna razón vuelven mis dudas y escribo al lado del "todo" un "casi". No me lo tengáis en cuenta. Tenéis todo mi permiso para borrarlo o pintarle encima una nube. No dejéis que nadie, nadie, ni tan siquiera yo, explote antes de tiempo vuestras pompas de jabón.

jueves, 26 de marzo de 2020

Nadie sonríe bajo las mascarillas


Grafiti de Tvboy pintado a mediados de febrero en Barcelona.


"Admiro aquellos que pueden sonreír en la adversidad".

(Leonardo da Vinci)



Y de repente, lo inesperado, lo que jamás hubieras imaginado ni en la más surrealista de tus pesadillas llega. Llega y te empuja de improviso contra un muro de realidad. Una realidad apenas conocida. Y del mismo modo, de repente, te encuentras bajo el balcón de tus padres viéndolos como un espejismo, a ellos y a tu abuela, sin poder subir a abrazarlos. Y te preguntan cómo estás y te dicen que vayas con cuidado, que salgas lo justo y necesario para ir a comprar comida o al trabajo. Que dejes la bolsa con las mascarillas en el ascensor y te marches. Que te atrincheres en casa, dicen, que el monstruo anda suelto. 
Y cada día ves las noticias por la tele, las escuchas por la radio, te informas en redes sociales... y aunque intentas aislarte, no puedes. No debes. Que si la media de edad de fallecidos es... que si el porcentaje de muertes es... que si tienes patologías previas es más probable que... Todos los puntos suspensivos llevan a la misma conclusión: a mí no me va a pasar nada. Porque todo lo malo le pasa a los demás, piensas. Porque siempre ha sido así y esto te alivia. Y justo en ese momento de exaltación de los pensamientos más egoístas y despreciables que puedes tener como persona, vuelves la vista atrás y caes en la cuenta de que ya no tienes quince años, y que tus padres están a las puertas de los setenta y que tu abuela va camino de los noventa y que lo inesperado como os decía al principio, te podría sorprender de repente. 

Con torpeza, te colocas los guantes que te dan a la entrada del súper, te acomodas la mascarilla para que el respirar no te empañe los cristales de las gafas. Circulas por los pasillos, en los que pocos nos miramos a la cara. No estamos acostumbrados a ello, es difícil mirarse con la boca tapada. Nadie sonríe bajo las mascarillas. Porque tú tampoco lo haces. Porque ver a tanta gente siguiendo un protocolo que hace dos días solo conocíamos por películas de pandemias, te quita las ganas de sonreír. "Señores clientes, por indicaciones sanitarias les recordamos que deben guardar las distancias de seguridad". Ya no suena música en los pasillos ni ofertas de última hora. Eso ahora carece de importancia. Compren lo esencial y enciérrense todos en sus casas. En sus putas casas. A todo se acostumbra el ser humano, y en nuestra defensa le quitamos hierro al asunto. Hacemos bromas, recibimos memes, y nos reímos de la situación, aun con un ojo puesto en el miedo y la incertidumbre de no saber qué pasará. Llegas a casa, te lavas las manos. Primero palma con palma, luego los dorsos y acabas limpiando con jabón dedo por dedo para volver a repetir el ritual por si queda algún resto del bicho entre ellos. Te las secas y en ese instante recibes una alerta en el móvil con el nuevo parte de contagios y muertes por el maldito monstruo. Nos acercamos a los 60.000 contagios y ya van 4.089 muertes por coronavirus en España.

Vuelve a tu mente el balcón, aunque ahora estás arriba y es tu familia la que saluda desde abajo. Tus amigos han venido a verte también y te abrazan desde la distancia. También algunos vecinos hacen lo propio desde sus balcones. Suenan cacerolas y algunas luces lejanas parpadean. Ha oscurecido en tu barrio y te sientes parte de ese porcentaje de muertes, de esa media de edad de fallecidos y empiezas a sentir la debilidad de esas patologías previas que nunca antes habías notado. Y aplaudes, aplaudes con fuerza aunque no sabes muy bien por qué, si por agradecimiento o por miedo. Pero lo haces. Un aplauso a la desesperada. Y les preguntas a tus familiares cómo están, y a tus amigos les dices que vayan con cuidado que salgan lo justo y necesario. Que se cuiden. Que se cuiden mucho. Mientras te quedas en casa y cruzas los dedos para que todo salga bien. Todo lo bien que puede salir algo para lo que no estábamos preparados. Algo de lo que, a pesar de no ser un mal sueño, te gustaría haber despertado.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Presentación "Te diré que estoy vivo" en Casa del Llibre (Barcelona)

Escribo esta publicación para agradecer la buena compañía que tuve el 20 de noviembre en la presentación de mi nueva novela Te diré que estoy vivo de Cáprica ediciones. Gracias a todos los que os dejasteis caer la tarde del miércoles por Casa del Llibre de Passeig de Gràcia, en Barcelona.

Agradecimiento especial a Quim Esteban, por la presentación, y a Jose María Gris por las fotos.

Aquí van algunas de ellas... 📷












lunes, 11 de noviembre de 2019

"Te diré que estoy vivo", nueva novela

"Todo lo que se le puede pedir a un día de muertos es que haga sol. Para bajar a un parque y sentarse en un banco a recordar a los que ya no están. Recordarlos frente al sol. No en cementerios. Escucharlos sonreír y opinar sobre la vida. Cerrar los ojos. Dejar que se sienten".

(Ana Milán) 



A falta de pocas horas para llegar al día D, quiero escribir cuatro líneas sobre la publicación de mi nuevo libro. Por que este 13 de noviembre (por si no os habéis enterado) estará disponible en todas las librerías la novela Te diré que estoy vivo.

Esta es una historia de sacrificio y de superación... qué va, es broma. Aunque como dicen, cada broma tiene algo de broma. Pero sí que hay mucho trabajo detrás de esta publicación. Antes, durante y a buen seguro que después. 
La idea surge de una de mis esporádicas y clandestinas visitas al cementerio, frente a la tumba de mi abuelo, que ahora me sonríe desde una fotografía mientras escribo estas líneas. Allí, con la cabeza en las nubes y muchas dudas por resolver, pensé "¿y si se pudiera entrar dentro?" (sí, dentro de la tumba me refiero). Pues como soy un poco cabezota y casi nunca me puedo quedar con la duda, aquello qué sucedería si lo hiciera lo podréis leer en el interior de este libro.


Portada, obra de Gemma Capdevila.


A grandes rasgos, éste es el antes. El durante se forma de muchas tardes-noche pegado al teclado y a un desordenado blog de notas a modo de pizarra con "posits" y chinchetas. De tardes frente al mar, de salidas a ciudades, museos y algún que otro cementerio. Y mucha, mucha disciplina para poder conseguir que aquella idea surgida junto a mi abuelo, se convirtiera en poco más de un año en una historia de 276 páginas, editada con un gusto exquisito de la mano de Cáprica ediciones, a quién agradezco por mil haberse cruzado en mi camino. La portada, envoltorio esencial a mi entender para una novela, es obra de la fantástica Gemma Capdevila. Y digo fantástica en todo su conjunto, sus lápices y acuarelas se mueven por arte de magia. 
¿Y qué sería de un libro sin un buen prólogo? Pues atentos que este, al igual que todos mis anteriores libros, también lo tiene. Y del mismo modo que en los anteriores es obra de una mujer, una gran mujer. A ella le debo la cita que abre esta publicación y lo que le sigue en las primeras páginas del libro. Grande Ana Milán, puro sentimiento y corazón. Y un honor muy grande para mí contar con sus palabras para presentar esta historia.


Contraporta de "Te diré que estoy vivo".


Esto, junto a la infinidad de mensajes, correos y llamadas con mis editores; junto a los trabajos de corrección de textos y de darle algunas vueltas a la trama; de proyectar hasta de madrugada para ver por fin lo creado hecho realidad; de mucho de Dalí, de algo de Picasso y de muy poco de Miró; es, de una manera resumida, el durante.
Ahora viene el después, hoy futuro pero en pocas horas presente. Y aquí es donde entráis vosotros, no os he citado aquí solo para soltaros el rollo. Tenemos editorial, que ha editado un libro precioso. Tenemos distribuidora, con capacidad para llegar a cualquier librería (y si no lo encontráis, no os de cosa, pedidlo). Tenemos lectores, no tengo la menor duda. Más que lectores, amigos. Os pido, y esta es la misión encomendada, que colguéis fotos, etiquetas, opiniones... Esto, que parecerá algo sencillo, en ocasiones no lo es tanto, y hace que una publicación sea visible y que crezca un poquito más cada día. A todos los que lo haréis os lo agradezco de antemano.
Tengo ya muchas ganas de que vayan pasando los días e ir conociendo vuestras impresiones. Espero haceros pasar un buen rato de lectura con esta novela, ya veis que no son grandes pretensiones. Aunque si os emocionáis un poco, pues mejor que mejor y así ganamos todos.  

Y lo dicho, a partir de este miércoles 13 de noviembre os invito a pasar unos días en un lugar secreto. Si os preguntáis dónde está y cómo se accede a su entrada, dejaros llevar, quizás estéis mas cerca de lo que habríais imaginado.

Bienvenidos a Ciudad Recuerdo...




miércoles, 23 de enero de 2019

"Los Invitados", Gala y Dalí en microteatro

"-Te propongo un trato.
-Te escucho.
-Esta noche, ser tú la loca y yo el brujo".
 
(Los Invitados)
 
 
 
Hoy se cumplen 30 años de la muerte de uno de los personajes más inspiradores que nos ha dado la historia contemporánea. El 23 de enero de 1989 se apagó el genio, falleció Salvador Dalí. Sin haberlo previsto así, da la casualidad que durante estas semanas también estamos rindiendo homenaje al pintor de Cadaqués y a su musa Elena Dmítrievna, Gala, con una obra de microteatro.
 
 
Cartel promocional, diseñado por Sinenchufes.
 
 
Aunque hace ya días que quería contaros un poco del cómo y del porqué de esta obra de nombre "Los Invitados", hoy he encontrado el momento y quizá, por lo señalado, sea una buena fecha para hacerlo. Dalí me ha llamado la atención desde que era pequeño, no siempre he entendido su obra y dudo que algún día llegue a comprenderla del todo. Pero Dalí inspira (al menos a mí), y mucho, lo entiendas o no. He visualizado infinidad de vídeos, visitado su casa, leído biografías y diarios, para saber cómo era el artista de Portlligat, cómo escribía o cómo pensaba. Aunque había algo que me hacía sentir falto de información. Me faltaba saber más sobre ella, sobre Gala.
 
Y de aquí (junto a las ganas que tenía de hacer algún trabajo para teatro) surgió la idea de dar vida a una escena cotidiana con genio y musa como protagonistas. ¿Cómo eran Gala y Dalí en su intimidad? La libertad que te daba imaginar a la pareja en una tarde cualquiera de final de verano, entre pinturas y lienzos, en su estudio de Portlligat, hizo que me planteara llevar a cabo este proyecto y contactara con Inma Garzía para proponerle el papel de Gala sin tener apenas nada escrito del texto. En aquella conversación descubrí que Inma ya tenía a Gala dentro, la admiraba desde siempre y no supo decir que no a mi propuesta. "Ya sé quién será Dalí", me dijo. A los pocos días me estaba presentando a Albert Boix (¡touché!). Ambos han hecho un grandísimo trabajo. Se han metido en la piel de los personajes con un respeto y una delicadeza que no deja indiferente a nadie. Tenéis que verlos.


Albert Boix (Dalí) e Inma Garzía (Gala) en Microteatro BCN.
 
 
En cuanto al texto, lo tuve listo en pocas semanas, luego ha ido cambiando en función de lo que han ido pidiendo los personajes. Dar veracidad a las escenas y credibilidad a los diálogos ha sido el primer aspecto a tener en cuenta durante todo el proceso creativo. Una sencilla y cuidada escenografía y la tenue iluminación de un par de velas harán que nos metamos de puntillas, sin hacer ruido, en el taller de trabajo de Salvador Dalí en uno de sus innumerables intentos de dibujar a Gala. 
 
Si queréis venir y disfrutar de esta obra íntima de microteatro, estáis más que invitados. Eso sí, intentad no hacer ruido al pasar, se rumorea que hay un genio pintando...
 
 



Del 10 de enero hasta el 3 de febrero de 2019
Microteatre Barcelona
C/Bailén 194
 
Horarios:
Jueves: 18:45 - 19:10 - 19:35 - 20:00 - 20:25
Viernes y sábados: 19:45 - 20:10 - 20:35 - 21:00 - 21:25
Domingos: 17:45 - 18:10 - 18:35 - 19:00 - 19:25
 
 
 

martes, 13 de noviembre de 2018

Todo lo que sé sobre Stan Lee

"A todos nos gustaría tener superpoderes, 
ya que a todos nos gustaría más de lo que podemos hacer".

(Stan Lee)



Ayer se nos fue Stan Lee. En un principio no sentí una gran pena, debo confesarlo. América me parece muy lejana en cuanto a sentimientos. Pero con las horas, he ido viendo imágenes de los superhéroes creados por el ilustrador y he pensado: "¡Excelsior! Este hombre de elegante bigote, sonrisa constante y gafas de pasta, marcó mi infancia y parte de mi adolescencia con el poder de sus lápices. 

Entonces me he visto en la habitación que tenía de niño, bajo la bombilla incandescente de una lamparita de flexo, dibujando a Spiderman o dando color con mis rotuladores Carioca a un boceto de Iron Man. Porque, ¿sabéis?, yo quería ser dibujante, cuando tenía uso de razón (ahora ya no lo tengo, lo perdí al madurar). Jamás fui capaz de leer entero un cómic, los compraba y en cuanto llevaba hojeadas tres páginas ya estaba absorto mirando algún detalle de aquellos musculados personajes que había creado Stan Lee. Me gustaban sus zapatos, inexistentes y en forma de media a veces. 




Sé muy poco de Stan Lee, pero lo suficiente como para reconocer que ha sido importante en mi vida. Yo, como muchos de vosotros también quise ser un superhéroe. Y no hablo ahora de cuando era pequeño ni adolescente, hablo de ayer mismo (con mis cuarenta años). Ser un superhéroe está al alcance de muy pocos, y yo todavía ansío serlo. "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad", quizá sea por ello que me resisto a serlo. Con el tiempo dejé mis lápices y mis colores, hasta hoy, que prefiero colorear con mis letras, y mi mayor heroicidad es haceros pasar un buen rato. 

Ha fallecido, el padre de muchos sueños e ilusiones (palabras que siempre deberían ir escritas en fosforito y con mayúsculas). De personajes de carne y hueso, todos con sus puntos débiles, con máscaras, armas o capas, capaces de salvar al mundo. Se nos fue otra parte de nuestras vidas, de nuestra infancia y de nuestros recuerdos. Colgó su traje de hombre araña que hace ya tiempo dejó de ser sólo suyo. Se nos fue Stan Lee, del cual sé verdaderamente poco, muy poco o casi nada.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Seis días sin reír...

"Un día sin reír es un día perdido".

(Charles Chaplin)




Hasta hace muy poquito creía que la risa de un niño era una de esas cosas de la vida que no tienen precio. Y aunque la frase es buena, resultona y dicha en según qué circunstancias suene la mar de bien, caí en la cuenta de que no siempre es cierto y que a veces soltar esa carcajada puede costar dinero.


Página web de Pallapupas y mi nariz de payaso.


La pasada semana tuve una conversación telefónica con Albert, miembro de Pallapupas, asociación que, con su nariz roja, llena de buen rollo y optimismo las habitaciones de los hospitales infantiles de Barcelona. Fueron, las de este payaso de hospital, palabras profundas, sinceras y en alguna ocasión con un atisbo de voz quebrada al otro lado del teléfono, que consiguió emocionarme. Albert me explicó en qué consiste Pallapupas y su labor dentro de los centros hospitalarios junto a los más pequeños, a nuestros mayores y a personas con enfermedades mentales (os invito a visitar su web para saber más sobre ellos): "Los payasos de Pallapupas no somos voluntarios. Todos los miembros de la organización tenemos formación sanitaria. Tratamos un tema muy delicado como es la enfermedad de un niño. Estamos con ellos en momentos difíciles, junto a sus familiares, e incluso los acompañamos al quirófano para evitar que el pequeño sufra la frialdad que de por sí conllevan las salas de operación. Un gesto a destiempo o una palabra desafortunada en un momento puntual podría crear un efecto adverso para los familiares o para el niño. Necesitamos estar formados, no podemos arriesgarnos a que esto suceda. Debemos ser profesionales, sin dejar de lado nuestro cometido: que es hacerles reír".


A día de hoy los Pallapupas pueden trabajar los siete días de la semana cuidando e ilusionando a muchos niños y niñas del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, cosa que está muy bien. Pero por falta de recursos económicos, la Doctora Apiretal, Súper Apósito, el Doctor Gota-Gota y el resto del equipo de actores, tan solo pueden asistir un día a la semana a otros centros hospitalarios de la ciudad. Eso es muy poco tiempo. En estos centros, quedan seis largos días en los que los payasos de hospital no pueden estar presentes y por lo tanto, seis días en los que no pueden hacer reír a ningún pequeño: "Queremos estar en más centros y poder hacer reír a más niños, no solo de este hospital. Y para ello necesitamos más colaboración, más personas que periódica o puntualmente formen parte de Pallapupas con sus aportaciones". 

Para formar parte no es indispensable que hagáis un gran donativo, hay muchas maneras de ser partícipe y toda ayuda, por pequeña que sea, será muy grande. Podéis comprar productos en su tienda solidaria, como libretas, pulseras o camisetas. Podéis hacer un donativo, de 27 euros por ejemplo, y hacer que gracias a vuestra colaboración un niño o niña pueda ir acompañado por uno de sus particulares doctores al quirófano. O podéis, y esta sería una de las mayores alegrías para Pallapupas, haceros padrinos por solo 10 euros al mes.

En la medida de vuestras posibilidades, colaborad. Estaréis haciendo algo muy bonito y gratificante. Yo ya lo hice, y espero que me expliquéis (aquí o en redes) las sensaciones de saber que con vuestra aportación lo acabáis de hacer realidad y habéis conseguido que, al menos un día con su correspondiente risa, no lo hayamos dado por perdido.

Web: http://pallapupas.org/es/organizacion/
Correo: hola@pallapupas.org
Telf: 93 345 59 13

martes, 4 de septiembre de 2018

Agosto

"El 26 de agosto de 1978 nuestro país fue noticia: Sigmund Jähn, ciudadano de la RDA, era el primer alemán en el espacio. Aquel día todo empezó a ir mal en nuestra familia".

(Good bye, Lenin!)



Amo el mes de agosto.

Permitidme que escriba sobre él aun estando ya a principios de septiembre. Porque lo amo con locura, a este mes de agosto ya pasado y a los otros treinta y nueve que vi terminar antes que él. Aunque de los cinco o seis primeros casi ni me acuerde. Nací un 26 de agosto, quizá esto sea un valor añadido, pero no sólo por ello amo este mes. Lo amo por muchas más cosas. Agosto es duelo y es bienvenida, una de ellas de manera irremediable. Las primeras brazadas con manguitos en la piscina de mi tío, aunque también las dos horas de digestión por fuerza mayor. Es la siesta de los mayores y las últimas páginas de mi cuaderno Santillana. Fue también mi primer intento de beso, pero no el último, espero. Es el tiempo de descuento y los días largos de patadas al balón y rodillas sucias. Un helado de hielo de veinticinco pesetas y otro de chocolate de cuarenta y cinco. Agosto es, fue y será todo esto. Y los años no hacen más que ensalzar su aroma a limón en mi memoria como un frasco de perfume destapado.

Un agosto en Campelles, mi enano de jardín y yo

La cita con la que doy inicio a este texto no es más que otra casualidad en la fecha, como la música que la acompaña (la maravillosa "Summer 78" del gran Yann Tiersen), como el nacimiento de Cortázar o el cuadragésimo segundo cumpleaños de mi vecino del entresuelo. Todo va unido por la magia de este mes de seis letras llamado agosto. Agosto es estar impaciente por preparar las vacaciones, pero también nervios de impotencia por tener que trabajarlo. Celebrar los aniversarios en familia y, en ocasiones, hacerlo solo. Es enano de jardín y abeto. Contradicción y sintonía. Verdad y mentira. Sombrilla y paraguas. Sol y nube. Blanco y negro. Es quizá el mes que más rápido pasa aun teniendo treinta y un días. Y ya en los minutos de añadido he querido escribir sobre él, porque lo amo y porque me sentía en deuda. Por lo mucho que me ha dado y por el otro tanto que me ha quitado. Un resumen de la vida en cinco semanas. Con su principio y, sin la más mínima tregua, su final. La agonía de la lluvia empezando a encharcar las aceras, la preocupación de los árboles viendo perder sus primeras hojas o la nostalgia del invierno decorando de lucecitas los balcones. Nada de ello hará, que para mí, sin querer faltar a otros meses, todos los días siga siendo agosto.



martes, 17 de julio de 2018

La dedicatoria


"He nacido nueve meses después de la muerte de Gaudí".

(Josep Maria Subirachs)



No hubiera escrito esta entrada de no ser por que me llamó la atención aquella dedicatoria. Me refiero a la que en 1976 en la parte baja e izquierda de su "Autoretrato" escribió con la punta de un lápiz perfectamente afilada el escultor Josep Maria Subirachs. Sinceramente, no sé lo suficiente sobre el artista catalán como para escribir sobre él, pero conforme vayáis leyendo entenderéis que lo esté haciendo. 




Hace unas semanas, con motivo de "La nit del Museus" (noche en la que una gran parte de los museos de Barcelona permanecen abiertos hasta altas horas) me dio por visitar el "Espai Subirachs". Entré por un callejón del barrio de Poblenou, a escasos metros de la Sala Beckett, y pude ver, al fondo, el cartel de la exposición. Cuando crucé la puerta, una señora de pelo blanco, risueña y de sonrisa amable me dio la bienvenida y me regaló un folleto con información de éste y demás museos barceloneses participantes en el evento. Discreta, me invitó a pasar y recorrer el espacio a mi antojo. 

Topé de frente con un Moisés de metal, muy del estilo Subirachs (de hombros robustos, geométricos y de cintura fibrada), posaba sentado, plasmando sus mandamientos en una pesada tabla. El estilo de Subirachs es reconocible a leguas, posee un sello personal muy marcado, aun con influencias notables de nuestro ídolo común, Antoni Gaudí. La primera obra que descubrí del escultor catalán fue precisamente la Fachada de la Pasión, continuación de la obra más universal del propio Gaudí: La Sagrada Familia. Me fascinó aquel porte agresivo, lineal y austero de las figuras que creaba Subirachs. Aunque como suele ser habitual, algunos detractores de su obra salieron en su contra a gritarlo a los cuatro vientos. Tiempo después, con el artista ya fallecido (murió en el año 2014) tuve la oportunidad de visitar su último estudio dentro de la Basílica y descubrir algunos planos y moldes de escayola con los que se habían creado sus figuras. La imaginación vuela en lugares de este tipo. Sin ser un gran entendido en su materia, siempre, de alguna manera, me he ido cruzando en su camino.

Estuve poco más de media hora recorriendo sin ninguna prisa las paredes y columnas del museo de Poblenou. Conocí al pintor sensible que se escondía tras las armas del escultor, y que con suaves trazadas dibujó pechos, ombligos y vaginas, en una oda a la mujer y a su cuerpo, que sacaban a la luz la parte más íntima del artista. Pero, ¿qué hay más íntimo que una dedicatoria sentida?, pensé cuando minutos antes de salir, me detuve frente a un pequeño escaparate de cristal. Sencillos dibujos a lápiz se protegían de mis manos y mi aliento por un fino vidrio. En dos de ellos la misma dedicatoria, a la misma persona, a Judit. Seguida de su firma que rubricaba siempre uniendo las cuatro últimas letras por una línea horizontal. Envidié a Judit, sin conocerla. La imaginé como musa, cual Gala para Dalí, cual Leonor para Machado... y salí con esa idea del "Espacio Subirachs". Volvió a sonreírme la misma señora de pelo blanco y discreta que me había recibido a la entrada. Compartí algún cumplido con ella, le deseé suerte y me despedí.

Al llegar a casa, busqué algo más de información sobre el museo. Conocí que hacía muy poco que estaba abierto, apenas algo más de un año. Que contaba con un centenar de obras del escultor y que hoy era una realidad gracias al tesón, la inversión y las ganas de mostrar aquella porción del legado y la obra de Subirachs, por parte de la familia. Y, para mi sorpresa, en muchas de las noticias aparecía ella. El auténtico motivo de estas líneas. En varias entrevistas, de nuevo ella. La que dio un giro especial a mi visita. Aquella a la que instantes antes, cegado por la realidad, le había deseado buena suerte. Su joven musa del setenta y seis. Su inspiración de sonrisa amable. Su hija. Su vida. Judit.



jueves, 12 de julio de 2018

La máquina de fotos


"Esto no fue sólo una cuestión de azar, no. 
Estas cosas extrañas suceden, a todas horas".

(Magnolia, 1999)





Fotografía de Yuri Cortez realizada por Michael Regan.


La historia que hay detrás de esta imagen me hizo pensar en sus momentos anteriores, en lo poco previsibles que son algunas de las situaciones que nos depara el destino. Y con ello me vinieron a la mente los tres primeros minutos de "Magnolia", espectacular película protagonizada por Tom Cruise de finales de los noventa. En este inicio, el narrador pone en duda la existencia de las casualidades, dejando vía libre al diario que tiene ya escrito para nosotros el propio destino. En marzo de 1958, el joven Sidney Barringer salta al vacío desde la azotea de un bloque de nueve pisos, con una nota de suicidio en el bolsillo, nos cuenta. En plena caída y a la altura del sexto piso, una bala atraviesa la ventana y acto seguido el cuerpo del pobre Barringer, que fallece en el acto. El joven no hubiera muerto de no ser por el disparo, ya que una red colocada por obras en el edificio hubiera apaciguado el golpe. ¿Casualidades? Pues no lo sé. Ni nunca llegaré a saberlo.

A veces suceden cosas. Cosas que te hacen creer en lo increíble. Y al contrario que al desafortunado Sidney Barringer, en ocasiones, sólo en ocasiones, estas cosas son sensacionales. Por ello me fascinó la historia de Yuri Cortez, fotógrafo de la Agencia France Press y quise saber un poco más. Su cara (mirad la foto) lo dice todo. De lo inesperado del momento, de lo sorprendente y único que acababa de suceder. El jugador croata Mario Mandzukic, después de marcar el gol en la prórroga que metía a su equipo en la final del Mundial de Rusia, se acerca pletórico a escasos centímetros del fotógrafo mexicano. Segundos después, el equipo croata casi al completo se había abalanzado sobre Cortez. Yuri no soltó la cámara en ningún momento y, con una sonrisa de oreja a oreja, sacó una ráfaga de fotografías que ya han dado la vuelta al mundo para pasar así a la historia. 

Al revisar su perfil de Twitter me encontré con un dato curioso, y es que hace tan sólo cuatro días, entre geniales imágenes de futbolistas e hinchas de todas las nacionalidades, un par de buenas fotos de la rueda de prensa que precedía el Suecia vs Inglaterra de cuartos de final tenían la "friolera" de cuatro likes. Sí, sí, sólo cuatro likes. Hoy las fotos del reportero mexicano con las imágenes de la celebración croata sobrepasan, en la red del pájaro, los 21.000 "me gusta", y ya se han compartido más de 9.000 veces. La vida puede depararte en cuestión de días un giro inesperado. Que se lo cuenten a Yuri Cortez, que para nada presagiaba lo sucedido. Me lo imagino a media tarde, limpiando sus objetivos para llenar su tarjeta con fotos, quizá, de otro partido más. ¿Creéis vosotros que esto es casual? Yo no lo creo, aunque siga sin saberlo a ciencia cierta. Para que las cosas sucedan hay que estar, de esto no tengo duda. Y que, como a Yuri, en el fugaz instante en el que al destino le dé por leer esa página ya escrita, te encuentre ahí, atento, aferrado y dispuesto a no soltar, tu máquina de fotos.



domingo, 17 de junio de 2018

De todo hace casi veinte años


"De todo hace casi veinte años".

(Jaime Gil de Biedma)



Tengo casi cuarenta años y sigo pensando como un niño. Bien pudiera haber escrito "pero", pero escribí "y". Atentos al detalle porque es vitalmente importante. ¿Es eso malo, doctor?, me pregunto a mi mismo, entre dientes, haciendo a la vez de paciente y de pediatra.




-Pues malo es, según se mire -dijo el doctor, un tipo con gafas de pasta, barba y pelo rizado (ya os dije que yo interpreto el papel), mientras daba suaves golpes con la punta del bolígrafo sobre un folio en blanco.
-No entiendo -contesté.
-Pues verás -aclaró con gesto serio y guardando el bolígrafo en el bolsillo frontal de la bata-, si ello te impide hacer cosas de adulto, estás metido hasta las rodillas en un charco de problemas.
-No es el caso -respondí, aunque con ciertas dudas.

Y las tuve, porque si bien es verdad que esto que sucede tan solo en mi cerebro, esta sensación de ser un niño eterno, pasa inadvertida de cabeza para afuera, no estoy seguro a ciencia cierta de que no afecte en mi manera de afrontar la vida. Yo no soy culpable de que todo pase tan rápido y de que los relojes, aun sin pilas, sigan corriendo tan deprisa. No tengo la culpa, pero me pesa. Percibo el tiempo de manera muy distinta a muchas personas. No me creo que hayan pasado más de veinte años cuando reencuentro a un compañero de colegio, no me lo creo. ¡Venga ya! No me cuentes historias, no me hables de trabajo, de niños ni de coches familiares. ¡Bájate a la calle!, ¡bájate a jugar! Pero cuando miro bajo mi brazo ya no hay balón. Y la calle, la calle ahora es puro asfalto y han construido un Mercadona dónde solíamos dejarnos las rodillas emulando a Hristo Stoichkov o a Paolo Futre. Pero si miro frente a mí, si busco en esa persona que tengo delante con aspecto cansado y entradas incipientes, encuentro al niño. No siempre te lo ponen fácil, en ocasiones hay que escarbar muy adentro, pero lo encuentras. Os lo aseguro. Como el cofre de monedas escondido bajo las sábanas estampadas con dibujitos, a escasos centímetros del barco pirata de playmobil. 

El doctor, al notar mi respuesta dubitativa, se acarició la barbilla y quiso saber algo más.

-Veo cierta inseguridad en tus palabras. Dime, ¿en qué ámbitos de tu día a día crees que esta sensación de seguir siendo un niño te limita a hacer cosas de adulto?
-Pues verá, sin ir más lejos, justo al venir hacia aquí, hacia esta consulta imaginaria. He pasado cerca de unos jardines y he aminorado el paso porque olía a hierba mojada.
-¿Y bien?
-Pues que podía haber caminado a paso normal, pero he decidido hacerlo de manera lenta, muy lenta, y oliendo la humedad que desprendía la arena junto a la hierba. 
-Pero eso no es todo...
-No -negué cómplice con la cabeza-, no es todo. He vuelto a ser niño durante algunos minutos. He vuelto a jugar con mis primos y corretear de un lado a otro con mi camiseta de las Olimpiadas del 92 por los jardines de las piscinas, como lo hicimos durante un par de veranos hace ya mucho tiempo, como más de...
- ¿Veinte años?
- Es que no hace veinte años, doctor...
- Lo sé, no quiero quitarte la razón, pero debes hacer como si lo hiciera.

¡Joder, pero es que yo no sé fingir!, pensé. Yo sé que es todo mentira y que aquello sucedió hace apenas unos minutos, aunque me fastidie utilizar como calibre el tiempo. No se puede pasar de niño adulto en tan pocos minutos, quizá segundos. No se puede, pienso mientras ladeo con vehemencia la cabeza de un lado a otro. Nadie puede quitarnos las ganas de preguntar en voz alta, ni de investigar los cajones en busca de tesoros, ni de soñar en ser algo de mayor, aunque ello implique no serlo nunca. Ni de romper las manecillas de nuestros relojes, ni de volver a usar tiritas en las rodillas, ni de hacer que lo que fue hace mucho no sea hace tanto. Ni de que cuando alguien nos pregunte por algo que acaba de pasar, creyendo que ya es pasado, aun con la sonrisa en los labios digamos (y aquí no podéis fallarme) que sucedió hace casi veinte años.

miércoles, 30 de mayo de 2018

"¡Señorita, un respeto!"

A raíz de la polémica generada por una supuesta humillación del cantante Pau Donés hacia una fan, cuando ésta le pedía un selfie, llevo todo el santo día con ganas de escribir este artículo de opinión. De una opinión personal y sentida.

Os detallaré la secuencia paso por paso y podréis haceros una mejor idea a través de las fotos y este vídeo que os adjunto.




Pau Donés cantaba, en un concierto de porte íntimo en Los Cabos (México), una canción muy emotiva para él, pues la escribió en uno de los momentos más duros de su vida. Justo en ese instante se acerca una muchacha que va directa a la parte baja del escenario, sola, y levanta la mano como diciendo "¡oye, Pau, mírame que nos vamos a echar un selfie" (me la sopla lo que estés haciendo y para cuanta gente estés cantando, es más, me la sopla si interrumpo o rompo la magia del momento). Luego el cantante, que reflexiona unos segundos ha parado el concierto con estas palabras, de una manera entrecortada:

"¡Señorita, un respeto! ¿No? Estamos cantando. No le sepa mal pero... váyase, no nos haga más fotos, gracias. Tiene ya bastantes, ¿no? Estamos cantando para la gente, no para ustedes. Y ya está. ¿No? Entiendo que se quiera hacer fotos con nosotros, pero que esto es un concierto. No le sabe mal, ¿no? Muchas gracias".

Pues parece que sí le ha sabido mal a la muchacha. A ella y a mucha otra gente que ha tachado al vocalista de Jarabe de Palo de prepotente por su comportamiento con la fan. 

Y aquí viene mi opinión personal. La opinión personal de alguien que ama el arte y respeta a los artistas por encima de todo. He visto al gran Josep Maria Pou, salirse de su personaje Sócrates para dar un toque de atención al público que dejaba sonar sus móviles en mitad de la función. He visto a una señora tardar medio minuto eterno (en una sala Villarroel llena) para coger su teléfono del bolso que no dejaba de sonar a toda castaña y salir de la sala al grito de "¡estoy en el teatro, espera que no puedo hablar". Me pone de mala leche que el del asiento de mi lado encienda el móvil, mire la hora o el whatsapp y que me deslumbre con la lucecita. Son dos horas, dos horas sin hacer el cafre con el móvil. No creo que sea pedir tanto. Amo el arte, ya os lo he dicho. Quizá sea un bicho raro, pero hay cosas que no veo que sean normales. Sobrepasan la barrera del respeto.

Es por esto que al ver las críticas hacia Pau Donés, he querido ver el vídeo. Y aunque se pueda sembrar la duda de lo que se permite o no en un concierto de este tipo, creo que una actitud como esta no procede. ¿Os imagináis la misma escena mientras Pavarotti entona el Nessum Dorma, cantando en Turandot? ¿O que justo en el momento en que Picasso pintaba el hocico del caballo del Guernica alguien de manera efusiva le exigiera un selfie? ¿Os imagináis el brochazo? Yo tampoco. Y si alguno de vosotros veis esto normal, hacéroslo mirar, todavía estáis a tiempo.